miércoles, 24 de noviembre de 2010

Elisée Reclus

"Así, para resumir, nuestra finalidad política en cada nación particular es la abolición de los privilegios aristocráticos y en la tierra entera es la fusión de todos los pueblos. Nuestro destino es llegar a ese estado de perfección ideal en que las naciones no tendrán ya necesidad de hallarse bajo la tutela de un gobierno o de otra nación; es la ausencia de gobierno, es la anarquía, la más alta expresión del orden. Los que no piensan que la tierra pueda un día prescindir de la autoridad, esos no creen en el real progreso, esos son reaccionarios"
Elisée Reclus 
(Sainte-Foy-la-Grande, 1830-Thourot, cerca de Brujas, 1905)
Este geógrafo francés (1830-1905) tuvo una importante militancia anarquista, que lo llevó a la cárcel y al exilio. Esto mismo tuvo relación con su alejamiento del mundo académico y universitario francés, razón por la que en la geografía “oficial” fue ignorado por mucho tiempo. Sin embargo, su profusa obra tuvo gran difusión entre el público, alcanzando a sectores populares que permanecían ajenos a las publicaciones académicas.
Tuvo que exiliarse en 1851 por sus ideas republicanas. Tras participar en la Comuna, fue deportado. En 1892 fue profesor de la Universidad de Bruselas.Influyó notablemente sobre los anarquistas españoles.
Es autor de La Tierra, descripción de los fenómenos de la vida del globo (1867-1868) y de una Geografía universal (1875-1894).
Su hermanos también fueron ilustres: Elie fue nombrado director de la Biblioteca Nacional por la Comuna y Paul, médico y cirujano, describió la enfermedad que lleva su nombre.
Transcribimos a continuación unos fragmentos de un texto suyo, titulado Del heroísmo en los estudiantes y en los profesores , un Discurso pronunciado el 22 de octubre de 1895 durante la sesión de apertura de la Universidad Nueva de Bruselas:
"[…] ¿Realizaremos todas las esperanzas que se ponen en nosotros o bien seremos inferiores a la tarea emprendida? Tenemos plena confianza en el éxito, pero cualesquiera que hayan de ser nuestros destinos, vamos hacia adelante, asociando nuestros esfuerzos, y tomando cada cual nuestra parte de la responsabilidad colectiva con el altivo sentimiento de nuestro deber y la poderosa resolución de triunfar. […]  Aun en lo que concierne únicamente a los estudios, el objetivo que debe alcanzar el alumno es de un singular rigor y, si se quiere observar bien, su realización le costará grandes esfuerzos en valor y en perseverancia. Es que a la entrada misma de los cursos le será necesario elegir entre dos maneras de concebir la vida de disciplina intelectual. Millares de jóvenes, se sabe, tratan de simplificar su trabajo aprendiendo de memoria las fórmulas de sus manuales, remachando frases expectoradas ante ellos por profesores célebres, rompiéndose la cabeza en secas definiciones, sin color y sin vida, como las de un diccionario. Pero no es eso lo que nosotros esperamos de un estudiante digno de su bello nombre. Al contrario, lo ponemos vivamente en guardia contra todos los formularios y los guía-asnos que no gustan de los libros ni tampoco de la Naturaleza; le decimos que desconfíe de los programas que limitan la inteligencia, de los cuestionarios que la anquilosan, de los resúmenes que la empobrecen, y le aconsejamos que estudie por sí mismo, con todo el entusiasmo del descubrimiento. Sin duda, puesto que los reglamentos universitarios lo quieren así y que, en las familias mismas, pocos padres tienen el valor o incluso la posibilidad material de preferir para sus hijos el estudio puramente desinteresado de la ciencia a la que se gradúa por exámenes y diplomas, sin duda la mayor parte de los jóvenes inscritos en nuestros cursos tendrá ante sí la perspectiva de fórmulas a aprender y de preguntas oficiales que responder; pero estas pruebas, que se consideran a menudo como el acontecimiento capital de los estudios, será para ellos, si verdaderamente son hombres, una preocupación muy secundaria. Su grave preocupación consistirá no en aparentar que saben, sino en saber. […] Las conversaciones serias con los compañeros de estudios, buscadores como él de la verdad, elevarán y afirmarán su espíritu, le adiestrarán en todos los ejercicios del pensamiento, le darán el atrevimiento y la sagacidad, enriquecerán hasta el infinito el libro de su cerebro y le enseñarán a manejado con una perfecta soltura. […] Pero, por dispuestos que estén para las distintas formas de instrucción, tienen que desconfiar sobre todo de su excesiva facilidad: es un peligro capital el comprender demasiado pronto, sin trabajo, sin esfuerzo ni larga labor de asimilación; […] en fin, se limita a repetir lo que otros han dicho, en lugar de aportar en su lenguaje el acento personal, la altiva originalidad. Es, pues, de arriba, desde muy arriba que el estudiante verdaderamente amante del saber debe preludiar esas formalidades de fin de año, esos triviales exámenes de salida, que le darán una estampilla oficial, símbolo de pereza y de detención definitiva del estudio para los cobardes, cuando para los valientes no implica siquiera un tiempo de reposo en la continua labor. Sin duda, se requieren exámenes en el alto sentido de la palabra, y la enseñanza de los filósofos griegos, tal como la reproducen los Diálogos de Platón, no consistía en realidad más que en una conversación permanente del estudiante con su propio pensamiento, en su examen continuo del alumno por sí mismo, bajo la evocación de un Sócrates o de otro pensador. […] La dignidad del estudio es a ese precio. A vosotros os corresponde elegir, puesto que tenéis la conciencia de vuestra responsabilidad; a vosotros os corresponde decidir cómo utilizaréis la enseñanza de vuestros profesores y amigos, sea para amontonar en vuestra memoria palabras que olvidaréis pronto, sea para abarcar en vosotros ese mundo del conocimiento que crece sin cesar y del cual cada hecho nuevo despierta un entusiasmo siempre renaciente. [...] Al que ha mordido francamente el fruto del árbol de la ciencia, durante toda su vida ese alimento le será indispensable: el aprender formará parte de su existencia misma. […] Admitiendo que el estudiante ideal, tal como lo soñamos en vosotros, sepa perfectamente dirigir su trabajo y dar a su ciencia toda la altura y la amplitud necesarias, le quedará siempre por resolver la gran cuestión planteada ante los hombres desde la leyenda relativa al árbol del conocimiento y al fruto prohibido. Le será preciso probar con su ejemplo que se llega a ser realmente feliz por el acrecentamiento del saber. Si no, las almas timoratas se complacerán siempre en pensar que hubiera valido más pudrirse en la ignorancia primitiva, y hasta entre aquellos que estudiaron se encontrarán ciertamente quienes, fatigados del largo esfuerzo, se dejarán desalentar, cesarán de confiarse a su razón. [..] Pero -se nos dirá-, la obra que ofrecéis como ideal al joven, ¿no es difícil, casi imposible? Ciertamente, le pedimos que realice una obra muy alta. Hemos hecho nuestra la frase de Emerson: ¡El sabio debe ser un héroe!"
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