domingo, 1 de mayo de 2011

Los niños yunteros ciezanos

Los niños yunteros ciezanos es un artículo del profesor Antonio Balsalobre, prof de français à l'EOI -Escuela Oficial de Idiomas- de Molina de Segura y miembro del Colectivo de Estudios Locales Trascieza, perteneciente al Club Atalaya-Ateneo de la Villa de Cieza. Antonio Balsalobre colabora activamente en las publicaciones que edita esta asociación y participa, además, en el periódico semanal ENCIEZA DIGITAL, donde publicó el siguiente texto:

Mi padre fue “menaor” en las carreras de “hilao”. Como lo fueron cientos de críos de su generación en la primera mitad del siglo pasado. Menor que un grano de avena, empezó su andadura con ocho años, a la edad en que se mudan los dientes, subido a un cajón porque no alcanzaba para “darle” a la rueda. Se lo oí contar muchas veces, pero con una sola vez que lo hubiera referido habría bastado para que esa imagen quedara para siempre grabada en mi memoria. Una imagen, por cierto, que ahora se ha reavivado con la publicación de una pequeña joya etnográfica local: “Historias de menaores”, que ha visto la luz con motivo del X Aniversario del Museo del Esparto.
En sus veinticuatro páginas, Agustín Cano, Jerónimo Villa y Pascual Ruiz, que también fueron menaores, recuerdan “ese viejo oficio de los niños de Cieza”. Niños empleados en condiciones penosas, sometidos a largas y fatigosas jornadas de trabajo a cambio de sueldos de miseria, explotados, oprimidos, humillados y hambrientos. Demasiadas adversidades para unas criaturas cuyas vidas quedarían marcadas para siempre.
He oído a mi alrededor, en alguna ocasión, comentarios de ciezanos que abogan por no remover aquella época de miseria y explotación, que asocian al hambre y a los piojos. Personas que quieren correr un tupido velo sobre un tiempo y sus circunstancias. Como si aquello de lo que no se habla o se esconde no hubiera existido. Como si no hablando de la Guerra Civil, de la Inquisición, de la guerras de religión o de las del Peloponeso, por poner un caso, su existencia misma y sus secuelas se volatizaran en la neblina del tiempo. Como si inoculando el mal de Alzheimer en la corteza dura de nuestro cerebro colectivo pudiéramos, con el olvido, modificar el pasado.
Por suerte, no todo el mundo piensa así. Hay gentes y pueblos que no arrastran esos complejos ni sienten esa vergüenza de épocas anteriores. En Inglaterra, sin ir más lejos, hay decenas de museos dedicados a la Revolución Industrial, en los que las secciones consagradas al trabajo infantil ocupan un lugar destacado. Museos en los que se expone en toda su crueldad las pésimas condiciones de trabajo que sufrían hombres, mujeres y niños en fábricas y minas. Aquí, sin embargo, como nuevos ricos, algunos se avergüenzan de esas miserias pasadas y quieren esconderlas debajo de la alfombra. No debemos permitirlo. Conocer nuestro pasado no es sólo un deber histórico, sino también moral. Y el Museo del Esparto y el Club Atalaya lo saben muy bien. Tanto más cuanto que, paralela a esa historia oscura de penalidades y explotación, corre otra luminosa asociada a la dignidad del trabajo, al esfuerzo y al saber hacer de unas gentes que convirtieron este pueblo en lo que es hoy. Un pueblo cuya fisionomía social y urbana deriva directamente del desarrollo económico propiciado por la industria del esparto que floreció en Cieza en los dos primeros tercios del siglo veinte.
Miguel Hernández, con la clarividencia y sensibilidad de su genio poético, denunció las penalidades de los niños yunteros. Aquellos que le dolían “como una grandiosa espina”. En Cieza tuvimos los nuestros, y nos siguen doliendo. Como nos duelen los millones que todavía existen en el mundo. Aceptemos y reivindiquemos nuestra historia, con todas sus consecuencias. Conocerla puede ser el mejor antídoto para que su facetas más siniestras no se repitan.


BALSALOBRE, Antonio. "Los niños yunteros ciezanos". Sitio web: enciezadigital. Entrada publicada el  día 12 de marzo de 2011. URL: http://www.enciezadigital.com/detalleOpinion.asp?Idopinion=3518
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