martes, 12 de octubre de 2010

Nobel de Literatura 2010

El escritor peruano, siempre entre los favoritos, se lleva un galardón que desde 1990 no reconocía a un autor que escribe en español
(BIBLIOTECA   BREVE EDITORIAL SEIX BARRAL, S. A. BARCELONA - CARACAS – MÉXICO)
He aquí el encuentro entre ambos:
    “Recuerdo muy bien el día que me habló del fenómeno radiofónico porque ese mismo día, a la hora de almuerzo, vi a la tía Julia por primera vez. Era hermana de la mujer de mi tío Lucho y había llegado la noche anterior de Bolivia. Recién divorciada, venía a descansar y a recuperarse de su fracaso matrimonial. "En realidad, a buscarse otro marido", había dictaminado, en una reunión de familia, la más lenguaraz de mis parientes, la tía Hortensia. Yo almorzaba todos los jueves donde el tío Lucho y la tía Olga  y ese mediodía encontré a la familia todavía en pijama, cortando la mala noche con choritos picantes y cerveza fría. Se habían quedado hasta el amanecer, chismeando con la recién llegada, y despachado entre los tres una botella de whisky. Les dolía la cabeza, mi tío Lucho se quejaba de que su oficina andaría patas arriba, mi tía Olga decía que era una vergüenza trasnochar fuera de sábados, y la recién llegada, en bata, sin zapatos y con ruleros, vaciaba una maleta. No le incomodó que yo la viera en esa facha en la que nadie la hubiera tomado por una reina de belleza.
    -Así que tú eres el hijo de Dorita -me dijo, estampándome un beso en la mejilla-. ¿Ya terminaste el colegio, no?
    La odié a muerte. Mis leves choques con la familia, en ese entonces, se debían a que todos se empeñaban en tratarme todavía como un niño y no como lo que era, un hombre completo de dieciocho años. Nada me irritaba tanto como el Marito; tenía la sensación de que el diminutivo me regresaba al pantalón corto.
    -Ya está en tercero de Derecho y trabaja como periodista -le explicó mi tío Lucho, alcanzándome un vaso de cerveza.
    -La verdad -me dio el puntillazo la tía Julia- es que pareces todavía una guagua, Marito.
    Durante el almuerzo, con ese aire cariñoso que adoptan los adultos cuando se dirigen a los idiotas y a los niños, me preguntó si tenía enamorada, si iba a fiestas, qué deporte practicaba y me aconsejó, con una perversidad que no descubría si era deliberada o inocente pero que igual me llegó al alma, que apenas pudiera me dejara crecer el bigote. A los morenos les sentaba y eso me facilitaría las cosas con las chicas.
    -Él no piensa en faldas ni en jaranas -le explicó mi tío Lucho-. Es un intelectual. Ha publicado un cuento en el Dominical de "El Comercio".
    -Cuidado que el hijo de Dorita nos vaya a salir del otro lado -se rió la tía Julia y yo sentí un arrebato de solidaridad con su ex-marido. Pero sonreí y le llevé la cuerda. Durante el almuerzo se dedicó a contar unos horribles chistes bolivianos y a tomarme el pelo. Al despedirme, pareció que quería hacerse perdonar sus maldades, porque me dijo con un gesto amable que alguna noche la acompañara al cine, que le encantaba el cine.”
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